La hipertensión arterial, además de deberse a mecanismos fisiopatológicos múltiples y heterogéneos, es un proceso dinámico que puede tener una repercusión cardiovascular con diferente grado de expresión clínica. Esto lleva consigo un extenso abanico de síntomas y signos en pacientes que a veces sólo tienen en común que presentan cifras elevadas de presión arterial.

Desde un punto de vista didáctico, vamos a dividir la clínica en diferentes apartados, según la etiología y su repercusión en la práctica.
La hipertensión arterial leve, no complicada, es decir, sin afectación de órganos diana, suele ser totalmente asintomática y su diagnóstico es casual.

De toda la sintomatología atribuible a hipertensión, el síntoma más constante es la cefalea, que aparece en el 50% de los pacientes que conocen su enfermedad y en el 18% de la población hipertensa que la ignora. La forma de presentación es persistente, con localización frontal y occipital, que en ocasiones despierta al sujeto en las primeras horas de la mañana.

En la hipertensión grave, la cefalea occipital es más constante y uno de los primeros síntomas que alerta al paciente de la existencia de cifras elevadas de presión arterial.

La presencia de palpitaciones, opresión torácica o "pinchazos" transitorios en el tórax, suelen ser inespecíficos y en similar porcentaje a los descritos por sujetos neuróticos y tienen una mayor relación con ansiedad.

Otra serie de manifestaciones (lipotimias, zumbidos de oído), que suelen recogerse en la anamnesis de estos pacientes, no son específicos y aparecen en igual proporción en población normotensa.

La apnea del sueño, presente en sujetos obesos, también aparece en un alto porcentaje en sujetos hipertensos.